Mi compañero Alejandro Centellas ya analizó con acierto la 26ª edición de Expocadena. No voy a repetir lo que él explicó. Pero sí quiero detenerme en algo que nos trasladaron, casi en privado y con cierta resignación, una mayoría de proveedores y representantes comerciales.
La sensación era común: los pasillos llenos, los pedidos entrando… y, sin embargo, poco tiempo para la prescripción.
Muchos asistentes recorrían los stands con prisa, casi en modo cronómetro. Pedido hecho, firma rápida y siguiente cita. No sé si con la intención de terminar cuanto antes para disfrutar del sol —que invitaba a cualquier cosa menos a quedarse bajo techo— o porque realmente el tiempo no da para más. Pero el resultado era el mismo: conversaciones breves, lanzamientos vistos de reojo y pocas preguntas sobre lo nuevo.
Y eso es precisamente lo que debería justificar una feria presencial.
Porque una feria no es sólo un lugar donde formalizar pedidos. Para eso bastaría con una plataforma digital, una hoja de Excel compartida o una reunión por videollamada. Una feria es contacto, explicación, demostración, matiz. Es el espacio donde el proveedor enseña aquello en lo que ha invertido meses de desarrollo y donde el ferretero puede tocar, preguntar, comparar y entender qué merece realmente ocupar espacio en su lineal.
Los proveedores preparan estos encuentros durante meses. Pagan por estar allí. Desplazan equipos completos. Llevan novedades, argumentarios, muestras. Y lo hacen esperando algo más que una firma rápida. Esperan escucha. Esperan conversación. Esperan prescripción.
Quienes más tiempo dedicaron a detenerse fueron los suministros industriales, eso es verdad. Quizá porque su modelo exige más análisis técnico. No lo sé. Pero la diferencia se nota.
Y aquí viene la reflexión, quizá un poco incómoda: tal vez lo que ocurre en las ferias no sea más que el reflejo de lo que ocurre fuera de ellas. Una sociedad acelerada, con miedo a perder el tiempo, obsesionada con optimizar cada minuto… y que, en esa optimización constante, pierde precisamente lo que da valor a un encuentro presencial.
Si vamos a una feria sólo a correr, quizá algún día alguien se pregunte para qué seguir haciéndolas físicas. Y ese día perderemos algo más que un evento: perderemos el espacio donde el sector se mira a los ojos.
Porque prescribir requiere pausa.
Y la pausa, hoy, empieza a ser un lujo.
Hoy recomiendo Jane. Una biografía literaria de Jane Austen, de Cristina Oñoro y Ana Jarén, publicado por Lumen. Un libro que redescubre a una autora emblemática desde una perspectiva feminista, que cuestiona la supuesta conformidad de sus obras y valora su intelecto y su manejo de la ironía y la crítica social.










