Como en otras muchas cosas, el modelo funciona… para quien manda y tiene el poder económico.
Hay una pregunta que llevo días haciéndome y que cada vez me resulta más incómoda: ¿están los suministros industriales y las ferreterías financiando a los proveedores… para que, a su vez, estos financien a las grandes superficies? Porque cuando uno pone sobre la mesa los datos de cobro y pago de Leroy Merlin, Obramat o BigMat, el dibujo es claro: pagan muy por encima de lo que marca la legislación. Demasiado por encima. El problema es lo que ocurre en el eslabón intermedio… y, sobre todo, en el último.
Las grandes superficies estiran plazos, tensan la cuerda y trasladan el esfuerzo financiero hacia abajo. Hasta ahí, nada nuevo. Lo preocupante es que ese esfuerzo no se queda sólo en los fabricantes. Baja un escalón más y acaba aterrizando en los suministros y ferreterías, negocios que ni tienen el músculo financiero ni la capacidad de negociación para jugar a ese mismo juego. Mientras unos cobran al contado, otros adelantan dinero que no tienen.
Porque aquí hay otra realidad incómoda: muchos proveedores aceptan —por volumen, por miedo o por falta de alternativa— esos plazos largos impuestos desde arriba. La gran distribución lo llama “acuerdo entre las partes”. Y acto seguido, dichas marcas se aprovechan de que los suministros cumplen con los pagos, y de esta forma no descuadran sus cuentas mientras esperan a que la gran superficie pague. No siempre es una decisión voluntaria; muchas veces es simplemente “esto es lo que hay”. Pero el resultado es el mismo: una financiación encubierta que nadie reconoce y que siempre pagan los mismos.
Y aquí va la crítica doble. A las grandes superficies, por ahogar indirectamente a un canal que sostiene el tejido local, el empleo y la cercanía al cliente. Aunque claro, ellos miran por su interés y su dinero, que en la mayoría de ocasiones termina en las matrices lejos de España.
Pero también a las marcas, con algunas de las cuales tengo una gran relación, por alimentar esta rueda y no plantarse más, salvo honrosas excepciones. Porque cada vez que se acepta un plazo abusivo arriba, alguien más pequeño lo sufre abajo. Y casi nunca es quien tiene más margen para resistir.
Luego nos preguntamos por qué cierran ferreterías, por qué los suministros van justos de liquidez o por qué el sector se queja tanto. Quizá la pregunta no sea solo quién paga tarde, sino quién está financiando a quién sin que nadie se lo haya pedido. Y, sobre todo, cuánto tiempo más puede sostenerse este modelo antes de que se rompa por el eslabón más débil.
Y quizá algún día también habrá que hablar de AFEB. De su papel y de hasta qué punto está defendiendo —o debería defender— los intereses de todos los fabricantes que la integran. Porque cuando los plazos se alargan, la presión financiera aprieta y el modelo se desequilibra, no basta con adaptarse o mirar hacia otro lado.
Las asociaciones están para algo más que para compartir buenas prácticas: están para representar, para poner límites y para alzar la voz cuando el mercado empuja a sus propios asociados a financiar un sistema que no han diseñado ni controlan. Pero a día de hoy, o no han empezado, o no se les ha visto empezar. Y mientras tanto, hay asociados que lo llevan tiempo pidiendo a gritos.
Hoy recomiendo “Bernabéu. El hombre detrás del escudo”, de Juanma Trueba y de la editorial geoPlaneta, una biografía profunda que desentraña la verdad detrás de un hombre de mil caras: rudo y calculador, sentimental y desafiante, capaz de moldear la historia del fútbol y de construir el mayor club de todos los tiempos.










