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Lecciones de historia para empresas

Por José CarrascoFundador de Fersay y Azelera Formación

Si analizamos los datos y reflexiones que nos ha dejado la historia, podemos aprender mucho —o recordar cosas que ya sabemos— y que, sin duda, nos ayudarán a gestionar mejor nuestras empresas.

Como siempre se ha dicho, quienes no son capaces de recordar la historia están condenados a repetirla, con todos sus errores. Por eso es especialmente importante no olvidar las reflexiones que, durante tantos años, nos ha ofrecido la experiencia histórica.

Los valores del Imperio Romano como referencia

Si analizamos los valores que el Imperio Romano priorizó, nos encontramos con los siguientes: Responsabilidad ciudadana, Autoestima, Tenacidad, Austeridad, Laboriosidad, Buena educación, Discreción y Prudencia.

Veamos cómo estos valores pueden trasladarse al ámbito empresarial actual.

Responsabilidad ciudadana

Sería el equivalente a la responsabilidad de todas las personas dentro de la empresa, tanto de la Dirección como de toda la plantilla. Cuando las personas actúan con responsabilidad, todo funciona mejor: hay menos roces, más trabajo en equipo y una comunicación más fluida.

Este valor no solo aplica al ámbito interno, sino también a la relación con proveedores y clientes. Una empresa percibida como responsable construye una marca sólida y confiable en el mercado.

Autoestima

Es indudable que cualquier persona que trabaje en una empresa y no encuentre un sentido que le haga sentirse orgullosa de lo que hace verá mermada su capacidad para alcanzar objetivos ambiciosos. Sin autoestima, resulta muy difícil afrontar una tarea tan exigente como la búsqueda del éxito.

Siempre se ha dicho que si uno no se quiere a sí mismo, difícilmente podrá querer a los demás. En una empresa es necesario compartir tanto los momentos duros como los dulces, y sin autoestima nadie querrá —ni podrá— compartir nada.

Tenacidad

Es necesario aportar constancia y determinación a la labor diaria para satisfacer a los clientes y alcanzar el éxito empresarial. La gestión de clientes requiere paciencia y fortaleza.

Esta poderosa fuerza nos permite soportar el ritmo del día a día con la máxima excelencia y, sobre todo, no dar ni un paso atrás, no rendirnos en la lucha por nuestro trabajo.

Austeridad

Gestionar bien implica saber invertir, pero también vigilar los gastos, especialmente aquellos que no aportan valor ni a corto ni a medio plazo. Este valor debe transmitirse a todo el equipo humano para que todos colaboren en su aplicación.

En muchas ocasiones —y seguramente a casi todos nos ha pasado— las ideas de algunas personas han permitido generar importantes ahorros en la empresa.

Laboriosidad

Sin trabajo, sin esfuerzo suficiente y sin la dedicación necesaria, no es posible alcanzar buenos resultados. Es imprescindible la suma de esfuerzos colectivos para mantener a la empresa en una posición sólida en el mercado.

Además, cuando las personas se sienten a gusto en su entorno laboral, es mucho más fácil que aporten de forma natural. Siempre hay momentos críticos en los que necesitamos que, de manera voluntaria, se afronten las pequeñas crisis del día a día… y otras no tan pequeñas.

Buena educación

Las buenas formas, el respeto y el trato adecuado deben formar parte del día a día para que las personas se sientan plenas, motivadas y escuchadas. Es especialmente importante pedir su opinión, hacerlas partícipes de la estrategia, la gestión y los objetivos de la empresa.

La ética debe prevalecer tanto en las relaciones internas como externas. De nada sirve un buen clima interno si luego se observan faltas de ética con proveedores o clientes. La buena educación nace en el interior, pero se practica también hacia el exterior. Solo así se construye una imagen sólida y respetada, capaz de generar orgullo en la plantilla.

Discreción

La discreción es necesaria para mantener el equilibrio dentro del equipo. Hay aspectos que pueden compartirse con todos, y otros, más críticos, que solo determinadas personas pueden comprender y asumir como propios.

Tanto en la comunicación interna como externa, una dosis de discreción siempre es recomendable. Especialmente para no anunciar nada hasta que sea una realidad al 100%, ya que a veces, incluso con buenas noticias, las expectativas pueden no cumplirse como se esperaba.

Prudencia

No se puede gestionar un negocio de forma caótica o suicida. La prudencia es necesaria para no desviarnos del camino, para evitar errores por impulsividad y también para no perder oportunidades por quedarnos atrapados en la parálisis del análisis.

Ser prudente no significa ser cobarde ni bloquearse, sino tener en cuenta todas las variables que nos afectan a la hora de tomar decisiones, especialmente las estratégicas.

Reflexión final

¿Alguien puede imaginar una empresa en la que no se apliquen estos valores —propios de uno de los imperios más grandes y exitosos de la historia— y que aun así funcione correctamente?

¿Existe una labor más importante que inculcar valores como estos en toda la plantilla para alcanzar objetivos que realmente merezcan la pena?

¿No estaremos, quizá, buscando en el lugar equivocado cuando nos dejamos deslumbrar por la tecnología y olvidamos los valores universales?

  • De razones vive el hombre, de sueños sobrevive.
  • Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres.
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