A veces uno escucha ciertas decisiones y no sabe si reír o preocuparse. La última llega desde Bruselas: una tasa de 3 euros para los paquetes de bajo valor que llegan a la Unión Europea desde fuera. La idea, en teoría, es controlar la avalancha de productos que entran en el mercado sin cumplir las normas europeas. La realidad es otra: muchos de esos operadores simplemente pagan los tres euros… y siguen adelante.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿de verdad creemos que tres euros van a frenar a gigantes internacionales que mueven millones de paquetes al día? Porque mientras ellos asumen ese coste como quien paga un peaje más, el distribuidor europeo —y especialmente el nacional— sigue obligado a cumplir con todas las normativas de seguridad, trazabilidad, medioambiente o certificación que exige el mercado comunitario.
El resultado es el de siempre: competir con una mano atada a la espalda. Los suministros industriales, las ferreterías y los distribuidores que operan desde aquí cumplen las reglas, invierten en producto homologado y responden ante cualquier problema. Mientras tanto, otros venden sin asumir ese mismo marco y, si hay que pagar algo por ello, el precio de saltarse las normas es el de un café.
Y aquí aparece otra pregunta incómoda: ¿a quién está protegiendo realmente este modelo? Porque da la sensación de que la Unión Europea exige cada vez más a quienes producen y distribuyen dentro de sus fronteras, pero al mismo tiempo deja la puerta entreabierta para que entren productos que no juegan con las mismas reglas.
Luego hablamos de defender la industria europea, de proteger el comercio local o de fortalecer nuestras cadenas de suministro. Pero cuando llega el momento de equilibrar la balanza, la respuesta parece ser una tasa de tres euros.
Quizá el problema no sea solo la norma. Quizá el problema es el mensaje que transmite: que cumplir la ley cuesta mucho… pero saltársela sale barato.











Pasa en todos los sectores, miremos el acuerdo con Mercosur, o Marruecos en el marco de la alimentación. Somos más papistas que el Papa