Los efectos perniciosos de la IA se han dejado sentir, con más fuerza que nunca, estas Navidades. Las redes sociales y los grupos de whatsapp se han llenado de imágenes de felicitación barrocas y mensajes impersonales generados por ChatGPT. Quien hace unos meses no lograba modificar un tono de llamada se comió las uvas con alma de director creativo. Estamos democratizando en exceso.
Y es que el contrapunto a una inteligencia artificial todavía en pañales ha llegado antes de lo esperado. Lo humano es ya un acto revolucionario. El ojo está aprendiendo a identificar lo generado por la IA y a entender que, en esencia, todo es idéntico: una producción industrializada de textos, fotos, vídeos, ideas y argumentos a menudo plagado de errores o incorrecciones, cuando no de datos inventados.
Hace unos días, El Confidencial publicaba un reportaje sobre el aumento de los puestos de trabajo y de los salarios de los radiólogos, una profesión amenazadísima por la irrupción de la IA. La tecnología les estaba ayudando en el diagnóstico de las imágenes, pero estaba convirtiendo al radiólogo en más productivo en tareas como, por ejemplo, el trato individualizado y la información al paciente. O sea, en lo humano.
La sobreabundancia de información que proporciona un herramienta como ChatGPT es, sin duda, útil, pero a su vez traslada el poder de decisión a un consumidor sobrexcitado de datos, comparativas y sugerencias. Por eso el papel de la prescripción y el asesoramiento especializado se ven ahora como un desahogo ante tanta duda. Y esto irá a más.
Esto supone un mensaje esperanzador para el futuro de oficios como el del ferretero, capaz de ofrecer confianza y un consejo preciso a un cliente con un problema por solucionar.
En un mundo dominado por el algoritmo y una línea fina entre la verdad y la mentira, los profesionales (humanos) aportan una asidero cada vez más imprescindible.
¡Feliz año a todos!










